lunes, 17 de agosto de 2020

siete años.

Madrugada.

Mi madre me despierta, nadando en la orilla de mi cama, casi flotando, tocándome el rostro con manos heladas. 

Lo veo en el rictus de su boca, el gesto torcido de quien no podría, aunque quisiera, contener el llanto.  

Mi mente es un estallido blanco mientras bato en mi taza un café tantas veces hasta que mi padre viene a sacarme la taza de las manos y me susurra, que basta, deja. y me abraza. Nunca fui muy de abrazos con mi viejo, pero ahí rompo en lágrimas. Quizás nunca me salió un café tan espumoso como ese. 

Siete años de un viaje en auto lleno de azúcar y Cande que se enojaba conmigo por ir diciendo tonterías. Yo me comía un puñado de caramelos (el azúcar te hace feliz) y seguía. Mi padre en silencio. Cada tanto, estacionaba el auto y lloraba. Y seguíamos. Yo solo quería que Malvi y Lu no estuvieran mal,así que iba contándoles historias sobre animales que desafiaban sus destinos y dragones que tenían cosquillas. 

Recuerdo encerrarme en el baño a escribir un poema y recuerdo un puñado de tierra volando sobre un cajón. Recuerdo un cuerpo tan diminuto e indefenso que parecía dormido, con la piel brillante, como de cera, y el libro cien años de soledad sobre las manos. Y velas, muchas velas. 

No es tanto el momento, como la ausencia. 

A veces batallo con la memoria y siento unas ganas inmensas de decirlo, pero no es mi secreto para ser contado, y no quiero arruinar el recuerdo. Que se yo. Tengo una pelea constante entre la parte de mi para la que eras mi persona favorita y la parte que repudia dichos actos. Pero te extraño.

Siete años.

Siete años de ausencia y sin historias. Sin que llueva la sal sobre las papas fritas o que alguien me diga "será hasta mañana". 

Será, entonces, hasta que nos volvamos a encontrar.