Hay ventajas. Siempre las hay.
Me gusta cenar té y merendar tarde, y no sentirme culpable por querer llorar ante todo esto.
Me gusta dormir con pocas frazadas y escuchar música bajito.
Me gusta tomar los mates dulces con mis hermanas.
Pero también me gusta que resignes un poco del amargor que te gusta, y le pongas una cucharada de azúcar al mate, para que yo te acompañe.
Me gusta demorar algunos minutos mi mañana y colgar la ropa en el balcón.
Me gusta como hacés los panqueques, porque yo nunca tengo paciencia para dejarlos cocinarse tanto y me gusta ese programa de radio que escuchas siempre y que ahora yo busco porque no puedo imaginar mi mañana sin tenerlo de fondo.
En este momento, vos estarías haciendo la hamaca y yo te cebaría mates demasiado amargos para mí y demasiado dulces para vos, y los perros se pelearían contra mi espalda para conseguir atención. Quizás me reiría de tu pelo despeinado y te ayudaría mientras espero a que algún plato se termine de cocinar en la cabaña. Quizás me encerraría en el baño a llorar de preocupación por mi abuela y mi tío y me enojaría un poco cuando mencionaras que crees que todo esto es una conspiración de gobiernos, y te lo discutiría. Que se yo. No es lo mismo discutirlo por mensaje, así que ni lo intento.
Hoy la idea de la muerte pasó más cerca, distinto al aura de inseguridad omnipresente el resto del tiempo; fue más una suerte de certeza de que, inexorablemente, el momento de la muerte se acerca y es inevitable; no la mía, ni siquiera ahora, pero en este contexto la muerte de aquellos cuya existencia es más frágil parece algo mucho más presente. Fue como una pared de hielo bajando por mi columna y quise llorar aun más. Es horrible todo. Es horrible que el hombre que duerme en la calle sea cohercionado a ir a su hogar aunque no tenga una, que nos encontremos con sed de abrazos, que esa mujer no pueda salir a trabajar porque no está en blanco y que nos enterremos en la miseria propia y el egoísmo bruto. Ya no intento seguir el hilo de los días que pasan y me limito a contemplar el paso de ellos con absoluta apatía mientras mis uñas cada vez son más cortas y mi cabello está cada vez más sucio.
No se como terminar esto. Solo se que te extraño y desearía refugiarme en tus huesos para alejar la tristeza y la culpa que me envuelven, pero no entenderías el porque de mi angustia así que es mejor pasarla sola.
Espero que el invierno nos encuentre libres de todo esto y podamos abrazarnos y hacer bromas de las que no te reirías. Espero que me extrañes.
Si.
Espero que me extrañes.