Impavida
Indiferente
Se lleve
Los minutos
Corroidos, por la ausencia.
Que en el cristal se condense
Mi mirada
Y tus palabras
Arrastradas por el viento
Se resquebrajen, resecas
En el olvido.
Palabras susurradas, escondidas. Mi espacio de gritos escritos e historias insomnes. Porque toda historia merece ser contada y ninguna palabra debe quedarse atrapada entre los labios.
Poema IX
Limonada y té.
Odio desilusionar
Fallar
Mi palabra vendida a 5 centavos
Mi palabra tirada sobre el cesped mustio.
Que no gastes
Ni dos minutos
En mi
En mi tiempo
En mis lineas
Que no te importe
Que creas que puedo con todo
Que creas que no puedo con nada
Que menosprecies los segundos que puse en preguntar
La respuesta ausente
Que nunca llegó
Enterarme a medias
Descubrir
Que no te importa
Que soy la traba
A tu comodidad
Que soy el negativo
En tu burbuja de felicidad
El electrón.
Que a tus ojos soy venenosa
Que clavo mis garras enfermizas en los demas
La manzana corrompida.
Y odio
Mas que nada
Creerlo.
Escribo desde un asiento polvoriento en una plaza semidesierta.
El aire frio del domingo arrastra lejos la euforia del dia anterior y el coletazo de placer perezoso para ahogarse en la blasfemia de la angustia.
Los domingos tienen ese rasguño triste, esa sensación de caricia lenta, de noche de insomnio.
No sirve de nada morder como uñas esos pensamientos, pero aun asi le doy vueltas como si formara un remolino en el agua con mis dedos.
Como los que formamos en el rio con mis hermanas, en el verano. El juego es así. Con la mano sumergida sacas fuera del agua solo la punta del dedo índice y lo giras
Y giras y giras y giras
Y vas hundiendo mas la mano y giro a giro
Se forma el remolino
Y luego lo soltas, y la corriente se lo lleva.
Sostener el remolino es efímero e iluso. Tarde o temprano el remolino es arrastrado lejos.
Y estos pensamientos no son fáciles de sujetar. Solo llegan, como quizas alguien ve pasar al remolino que formé antes. Pero les das vueltas y vueltas, quizás tratando de ahondar en esa idea que tortuosamente se agita en mi cabeza, como intentando ir más allá, intentando crecer, soltarse de los dedos codiciosos que se aferran caprichosamente a la esperanza de conservarlo para siempre...
Es intentar agrandar un remolino que otro ha creado. Solo que en este caso, nadie crea estas divagaciones. Solo vienen. Y se te estrangulan en la garganta. Tiene algo de tristeza adolescente, ese vacio anudado en el pecho...
Un pájaro de alas quebradas.
La plaza sigue vacía. La tarde sigue vacia. Y Y el remolino se disuelve en la obsolencencia de una tarde neutra.
El banco, y la plaza, sostienen su infraqueable y reseca soledad. Insoportable en su somnifera quietud.
Las hamacas, impavidas, acunan el polvo cargado de monotonía. Pateo las rocas a mis pies, y estas se alejan casi resignadamente. Me voy.
La plaza es demasiado cruda en las tardes tristes.